Volcanes que nacen del estiramiento de la Tierra: el Campo Volcánico Ventura-Espíritu Santo en San Luis Potosí

¿Sabías que debajo del estado de San Luis Potosí existe un campo volcánico que guarda claves sobre cómo se «estira» la corteza terrestre en México? Se llama el Campo Volcánico Ventura-Espíritu Santo (VESVF, por sus siglas en inglés) y, aunque no es tan famoso como el Popocatépetl, tiene una historia geológica apasionante que vale la pena conocer. Un grupo de investigadores mexicanos y españoles acaba de publicar un estudio detallado sobre este campo, revelando información fascinante sobre el origen de sus lavas y lo que nos dicen sobre la dinámica interna de nuestro planeta.

El VESVF se extiende por unos 100 kilómetros en la Mesa Central de México, entre las localidades de Cúcamo y Santa Lucía. Se trata de un campo volcánico monogenético, es decir, formado por muchos conos y flujos de lava independientes que erupcionaron en distintos momentos del Pleistoceno tardío —hace entre 2.6 millones y 11,700 años—. Este campo forma parte de la Provincia de Cuencas y Sierras (Basin and Range), una enorme región geológica que se extiende desde el suroeste de Estados Unidos hasta el centro de México, y cuya característica principal es que la corteza está siendo «jalada» o extendida tectónicamente. Imagínalo como un pedazo de masa de pizza que se estira: al adelgazarse, el calor del interior de la Tierra tiene un camino más corto para escapar hacia la superficie, y ahí es donde entra el magma.

¿Pero de dónde viene exactamente ese magma? Los científicos analizaron la composición química de las rocas —incluyendo elementos como estroncio (Sr) y neodimio (Nd), cuyas proporciones isotópicas actúan como una especie de «huella dactilar» del manto terrestre— y encontraron que el magma se originó en el manto litosférico superior enriquecido, a profundidades considerables. Además, los patrones geoquímicos, especialmente la ausencia de las típicas «caídas» en niobio y tantalio que caracterizan a los volcanes de subducción, apuntan a que este volcanismo tiene una firma de intraplaca. En otras palabras, no surgió porque una placa oceánica se esté hundiendo debajo de México, sino por el ascenso de material caliente del manto empujado por la extensión cortical. Es como si el estiramiento de la corteza abriera una «válvula de escape» para el calor interno del planeta.

Otro hallazgo interesante es que el magma fue generado por un bajo grado de fusión parcial de la lherzolita —una roca del manto compuesta principalmente de olivino y piroxenos—. Esto significa que solo una pequeña fracción del material sólido del manto se fundió, produciendo lavas relativamente ricas en ciertos elementos «incompatibles» que prefieren quedarse en el líquido en lugar de incorporarse a los minerales sólidos. Este tipo de vulcanismo basáltico alcalino no es explosivo ni catastrófico; de hecho, los volcanes monogenéticos como los del VESVF suelen formar conos de escoria y flujos de lava que, si bien modifican el paisaje, no representan el mismo tipo de riesgo que un estratovolcán activo como el Colima. Sin embargo, comprender cómo y por qué se forman es crucial para evaluar el potencial volcánico de regiones que muchas veces pasan desapercibidas.

Estudios como este nos recuerdan que la geología de México es extraordinariamente rica y dinámica. Cada roca, cada cono volcánico, cada análisis isotópico es una página del libro de la historia de la Tierra que los científicos descifran con paciencia y rigor. La próxima vez que cruces el altiplano potosino y veas uno de esos cerros oscuros que parecen distintos al paisaje de alrededor, ya sabes: puede que estés frente a un cono volcánico que habla del interior más profundo de nuestro planeta. La ciencia está ahí, en el campo, leyendo las rocas.

Referencias:

  • Hernández-Martínez et al. (2025), Geochemistry 85, 126355.

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