MENSAJEROS DEL MANTO: LAS ROCAS VOLCÁNICAS QUENOS CUENTAN LA HISTORIA OCULTA DE MÉXICO

¿Alguna vez te has preguntado qué hay debajo de tus pies, mucho más allá del suelo, de las rocas que ves en los cerros o incluso de los túneles del metro? A decenas de kilómetros de profundidad existe un mundo de temperaturas extremas y rocas en fusión parcial que, en determinados momentos de la historia geológica, encontraron su camino hacia la superficie. Esas rocas volcánicas —especialmente las de composición máfica, es decir, las ricas en magnesio y hierro— son literalmente fragmentos del manto terrestre que ascendieron hasta la superficie. Cada muestra que un geólogo recoge en el campo lleva inscrita información sobre presiones, temperaturas y composiciones que reinaron en las profundidades hace millones de años. En eso consiste buena parte de la geoquímica volcánica: en leer ese mensaje que la Tierra ha dejado grabado en sus rocas.

En el centro-norte de México existe un territorio geológicamente fascinante conocido como la Mesa Central, una extensa planicie elevada que se formó durante un largo proceso de extensión cortical ocurrido principalmente durante el Oligoceno y el Mioceno (hace aproximadamente entre 33 y 5 millones de años). En ese lapso, grandes fallas normales fragmentaron la corteza, generando cuencas y sierras, y abrieron canales por los cuales los magmas del manto pudieron ascender. El resultado fue el Campo Volcánico de San Luis Potosí (SLPVF, por sus siglas en inglés), un mosaico de complejos volcánicos con edades que van desde el Eoceno hasta el Cuaternario. Uno de esos complejos —quizá el menos estudiado hasta hace poco— es el Complejo Volcánico La Repartición (RVC), situado en la porción noreste del campo volcánico, no muy lejos de la ciudad de San Luis Potosí.

Un reciente estudio publicado en 2026 en el Journal of South American Earth Sciences (Torres-Sánchez et al., 2026) integró por primera vez datos aeromagnéticos, observaciones petrográficas y análisis geoquímicos completos de las rocas máficas del RVC. Los resultados son reveladores: las lavas y depósitos piroclásticos del Oligoceno-Mioceno del RVC se originaron a partir de bajos grados de fusión parcial de un manto tipo lherzolita enriquecida. Dicho de forma más sencilla: el manto debajo de esta región no era un material «ordinario»; estaba enriquecido por procesos antiguos, probablemente relacionados con la subducción de placas oceánicas durante la Orogenia Laramide (hace más de 50 millones de años). Los magmas que se generaron subieron rápidamente —las texturas de los minerales así lo indican— y se detuvieron brevemente en niveles someros de la corteza, donde sufrieron una diferenciación limitada y poca mezcla con el material cortical circundante, antes de llegar a la superficie.

Una de las herramientas más innovadoras de este estudio fue la combinación de la geoquímica convencional con datos aeromagnéticos: mediciones del campo magnético registradas desde aviones que sobrevolaron la región. Estas anomalías magnéticas revelan la presencia de cuerpos máficos enterrados y conductos subvolcánicos, lo que indica que el RVC no es solo lo que vemos en superficie; existe una arquitectura más profunda, formada por intrusiones y conduits que conectan el sistema volcánico con el manto. Este tipo de enfoque multidisciplinario —que une el trabajo de campo, el microscopio petrográfico, los análisis de laboratorio y la geofísica— es cada vez más la norma en la geología moderna, porque ninguna herramienta aislada es capaz de revelar la historia completa de una roca o de un sistema volcánico.

¿Por qué importa todo esto más allá del interés académico? Entender cómo se forman y evolucionan los sistemas volcánicos de la Mesa Central mexicana tiene implicaciones prácticas concretas. Primero, porque algunos de esos campos volcánicos tienen actividad relativamente reciente (cientos de miles de años, no millones) y podrían volver a ser activos en escalas de tiempo geológicas. Segundo, porque la energía geotérmica —una fuente limpia y renovable— está estrechamente ligada a la actividad volcánica y magmática, y conocer dónde hay calor en el subsuelo es el primer paso para aprovecharlo. Y tercero, porque la historia volcánica de México es también la historia de su paisaje, sus suelos y, en última instancia, de la vida que los habita. Cada artículo científico que descifra un nuevo fragmento de esa historia es una pieza más en el rompecabezas colosal que es el planeta que llamamos hogar.


Referencias:

  • Torres-Sánchez, D., Verma, S. K., Torres, E. E. M., Soto Ramírez, D., & Shukla, M. (2026). Extensional Cenozoic magmatism in the Mesa Central, Mexico: Petrological and geochemical evidence from La Repartición Volcanic Complex, San Luis Potosí. Journal of South American Earth Sciences, 176, 106057. https://doi.org/10.1016/j.jsames.2026.106057

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