El permafrost es suelo que ha estado congelado durante al menos dos años seguidos, pero gran parte de él lleva así milenios. Imaginalo como un congelador gigante que guarda restos de plantas y animales de la era de hielo.
El problema es que este congelador se está descongelando debido al calentamiento global. Al hacerlo, la materia orgánica atrapada comienza a descomponerse, liberando enormes cantidades de metano y dióxido de carbono a la atmósfera.
El metano es un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2 a corto plazo. Esto crea un «bucle de retroalimentación»: más calor derrite más permafrost, lo que libera más gas y calienta aún más el planeta.
Además de los gases, el deshielo está revelando virus y bacterias antiguos, e incluso restos de mamuts perfectamente conservados. Sin embargo, para las comunidades locales, esto significa que el suelo se vuelve inestable y las casas se hunden.
Estudiar el permafrost es crucial para nuestras proyecciones climáticas. Es una carrera contra el tiempo para entender cuánto carbono hay almacenado y cómo podemos mitigar este proceso antes de que sea irreversible.
Referencia:
- Schuur, E. A. G., et al. (2015). Climate change and the permafrost carbon feedback. Nature.
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