Bajo nuestros pies, la Tierra está viva y en movimiento. Su superficie está dividida en grandes fragmentos llamados placas tectónicas, que se desplazan lentamente sobre el manto terrestre. Este proceso, conocido como tectónica de placas, es el responsable de formar montañas, abrir océanos y provocar muchos de los fenómenos geológicos que conocemos.
La idea puede parecer sencilla hoy, pero fue una revolución científica en el siglo XX. Antes, nadie entendía por qué los continentes parecían encajar como piezas de un rompecabezas. Fue Alfred Wegener quien propuso la deriva continental, y más tarde, con los estudios del fondo oceánico, se comprobó que los continentes realmente se mueven.
Existen tres tipos principales de límites entre placas: convergentes, donde chocan (como los Andes o el Himalaya); divergentes, donde se separan (como las dorsales oceánicas); y transformantes, donde se deslizan lateralmente (como la falla de San Andrés en California). Cada uno crea paisajes distintos y procesos únicos.
La tectónica de placas no solo explica montañas y terremotos, sino también la distribución de los minerales, el origen de los volcanes y la evolución del relieve terrestre. Es el gran “motor” que mantiene activo al planeta desde hace más de 3,000 millones de años.
Imagina a la Tierra como una máquina gigantesca y lenta, pero en constante cambio. Todo lo que vemos —desde un valle hasta una cadena montañosa— es resultado de ese movimiento continuo bajo nuestros pies.
Referencias:
- Condie, K. C. (2016). Plate Tectonics and Crustal Evolution. Butterworth-Heinemann.
- Kearey, P., Klepeis, K. A., & Vine, F. J. (2009). Global Tectonics. Wiley-Blackwell.
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